Es el arte de hacer preguntas.

Las mejores preguntas son aquellas que estimulan las mejores respuestas, y éstas, las más adecuadas para resolver situaciones que necesitan ser cambiadas.

Las preguntas las hace el Coach. El cliente pone las respuestas.

Ambos crean el proceso que se genera entre ellos dos: coaching en sí mismo.

Mientras cada uno asume su rol y van dando forma al proceso, comparten, resuelven, crean, construyen, transforman, generan cambios, limpian… hasta llegar al objetivo.

Generar ese proceso es a su vez un arte en sí mismo. Requiere de condiciones especiales y adecuadas que permitirán llenar de sentido y dar forma, al espacio que hay entre lo que el cliente ha conseguido en su vida y lo que quiere o necesita lograr y todavía no tiene.

El coach camina junto al cliente, a su lado. Sus preguntas son como un foco de luz y es el cliente con sus respuestas, quien ilumina espacios de su vida que desconocía. El proceso es personalizado y confidencial.
Mientras el coach acepta plenamente los valores y principios del cliente, le estimula y “desafía” con sus preguntas para poner en funcionamiento todos los recursos que hay en él y que necesita para alcanzar sus logros; ayudándole a discernir lo que realmente es importante en cada momento del proceso y, apoyándole y motivándole mientras él marca y decide su ruta. Así, recorrerán juntos el camino que media entre su presente (estado actual del cliente) y su futuro (su estado deseado).

Como muchos han llegado a decir, “hacer coaching puede ser uno de los viajes más importantes e interesantes de la vida del ser humano”